Cada tanto, me enojo con la Argentina y fantaseo con mudarme a Uruguay. En una edición reciente, la revista América Economía publicó “Las siete mesas de Hércules”, un artículo muy interesante sobre las dificultades existentes para iniciar un emprendimiento en Uruguay, contado por un emprendedor. ¿Cómo dice el refrán? Mal de muchos, consuelo de tontos :P.
Como no pude encontrar el enlace al artículo en cuestión, lo reproduzco completo:
La idea de abrir un restaurante me sedujo desde que llegué a vivir a Uruguay, proveniente de Santiago, en 2006. Confiado, no sospechaba que instalar un local de siete mesas en Uruguay se iba a parecer demasiado a los Siete Trabajos de Hércules.
Todo empezó cuando comencé a fantasear con la idea de ampliar la oferta local -más bien restringida a carnes y pastas- y ganar algo de dinero ofreciendo salmón, empanadas, machas a la parmesana, chorrillanas de Valparíso y pisco sour. No era una ambición desmesurada. En particular porque un amigo, que es chef, me secundaba en tal deseo.
El cuestarriba se insinuó casi de inmediato. Tras pasar los prudentes meses de ahorros, sumas y restas, comenté cerca de los oídeos de mis compañeros de trabajo uruguayos que ya me había puesto en marcha. Descubrí entonces que sus ojos se abrían perplejos: ¿Te volviste loc? En Uruguay, me explicaron, es imposible que un negocio prospere. Por eso la meta universal consiste en conseguir un empleo estable. Idealmente en el Estado. Podría parece una broma, quizás un sarcasmo, muy sofisticado. No lo es: descubrí que muchos de mis alumnos en un curso de periodismo de una universidad privada de Montevideo, aspiraban a ser empleados públicos.
Probablemente más ingenuo que temerario, contra tales mareas de advertencia avancé y abrí el restaurante en Pocitos, sector que toma su nombre de una playa montevideana.
“Valparaíso” es pequeño, site mesas, repito, sin embargo, hubo que invertir varios miles de dólares. No sólo ni principalmente en muebles y vajilla, sino en la “garantía” de alquiler. No uno, dos o tres meses como en otros países, sino ¡entre 10 y 12 meses de arriendo!
La incursión comercial me llevó a conocer los muchos frenos a la economía uruguaya que explican en parte el estancamiento de este país, donde la emigración mantiene detenido el crecimiento de la población desde hace tres décadas. Y es que generar oportunidades de empleo es complicado. Por ejemplo, contratar a un obrero para pintar el interior de un restaurante implica trámites en el municipio y en el Banco de Previsión Social, lo que eleva los costos. Así, una labor de menos de un día, que en Chile o México costaría unos U$S 150, aquí sale alrededor de 700. Mejor pinta uno mismo. Una simple conexión interna para gas natural requiere planos. Mejor usar gas licuado.
Al contratar personal, tuvimos más sorpresas. Los salarios de todos está regulados. A un cocinero no se le pregunta cuánto desea ganar, sino que se consulta este dato en una página web. ¿Resultado? Todos los cocineros de Uruguay ganan prácticamente lo mismo, sea en una gran cadena de hoteles o un pequeño “boliche”. Un mozo sabe cuánto tiene que cobrar, por lo que no es necesario ofrecerle más (el desempleo bordea el 10%). Los empleados no ganan más por vender más, lo que desincentiva el esfuerzo individual, pues basta con cumplir la jornada de ocho horas.
Así las cosas, resultó un desafío compartir mi trabajo matinal como editor de una agencia noticiosa mundail, con mi labor nocturna como mozo en mi propio local, donde atiendo mesas, preparo cócteles y lavo cerros de platos (en los últimos meses el aumento de ventas permitió contratar un mozo profesional).
No puedo negar que esta suerte de igualitarismo tiene un aspecto positivo: a la misma playa van pobres y ricos, algo inusual en Centroamérica, Chile o Perú. La contrapartida es que se ha generado una “cultura” en la cual resulta casi un delito destacarse. Al que le va bien, lo sanciona la sociedad y nadie quiere eso.
Hubo un elemento que me puso más optimista. Para paliar la falta de financiamiento para las pequeñas empresas, el banco estatal anunció con gran campaña mediática créditos para desarrollar pymes. Salí corriendo a la sucursal más cercana. Me senté frente al ejecutivo. “Claro que tenemos esos créditos”, me ilusionó. Casi empecé a sonreír. “En dos o tres años el programa estará listo”, me aplastó de inmediato.
Y a los bancos no es a los únicos a los que els falta la costumbre del crédito. Acá todos venden al contado. Ningún proveedor da crédito. Ningún comerciante da crédito. Casi ningún restaurante acepta cheques y casi todos tratan de evitar que les paguen con tarjetas de crédito. Debo reconocer que lo anterior posee su lado bueno: nunca falta el cambio para darles el vuelto a los clientes.
Por Francisco Jara.
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